Oídme todos vosotros, hermanos en el júbilo y el llanto,
lanzo mi grito final entre el bramar de la tormenta,
¡echad el ancla!¡arriad las velas!¡romped la bitácora!
Mi nave hacia ese horizonte inexorable derivó.
Dejadme finalmente la pipa sin humo,
la triste guitarra acongojada
y aquella antigua ilusión sin nombre.
Soy un pájaro ciego y sin alas
en medio del huracán del mundo...
En efecto y al final de cuentas,
soy un marinero con destino incierto,
soy una fuerza vital que se derrumba,
soy un ensueño que naufraga sin remedio.
Pregunto:
¿Dónde quedó mi rosa de los vientos?
¿Dónde la estrella polar que me extravió?
¿Dónde la isla del tesoro que un día vislumbré?
¿Dónde la sirena dorada que antaño perseguí?
Busco en el viejo cofre fatigado
la bandera que mi juventud sostuvo con fervor
pero solo encuentro el recuerdo del amigo que sucumbió,
el cadáver de una rosa,
una carta añeja de mi padre,
el cariño de mi madre en un escapulario
y los puñales herrumbrosos que el tiempo allí dejó.
Voy a morir en este puerto,
el Puerto de La Libertad,
es la única libertad que conozco; sin embargo aquí voy a morir.
Dejad junto a mí el viejo mapa del pirata,
del pirata que quise ser y nunca fui;
dejadme la brújula del viril empuje que perdí.
Dejadme así, inerme, frente a la tormenta
y que las gaviotas me pongan su mortaja
y un albatros me diga adiós sin esperanzas.
Soy el viejo marinero de un mar inventado,
todo poeta es una marinero y un profeta.
Sin embargo,
os dejo mi palabra sangrante entre lo últimos relámpagos
de mi tragedia o de mi comedia ¿no es igual?
Esta es la despedida, el último adiós,
de un derrotado viejo lobo de mar
que agoniza sobre el cadáver de una rosa.
Aquí queda mi grito para la eternidad...
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